domingo, noviembre 29, 2020

"Sin muertos", de Alicia Giménez Bartlett. El 31 del 2020.

 Mi Petra Delicado se toma una semana de descanso ¡en un convento!

No me lo podía creer. ¿Que pinta mi policía favorita en un cenobio gallego? Ella, tan desafecta a la religión, tan libre y tan poco dada a los retiros espirituales. Pues sí, se toma una semanita y, como Galicia es lo que tiene, el tiempo se mete en lluvias y se dedica a escribir, a repasar sus recuerdos y a contarnos su vida.

No se si se puede llamar "metaliteratura", pero eso de que un personaje de ficción escriba su autobiografía ampliando los horizontes de su vida que no conocemos por los libros en los que ha aparecido, dando razones de algunos de sus actos, reflexionando sobre su forma de ser y pasando sólo de puntillas sobre los argumentos de las obras que protagoniza, creo que es precisamente el concepto. Y ello de una forma tan magistral que te imbuye de tal manera en el relato que se te olvida que Petra Delicado no existe en carne mortal, que es un mero personaje, por mucho que le hayas tomado cariño y casi como si la conocieras de siempre por haber leído todas sus novelas.

Me ha encantado. Es fresco, ágil, entretenido, divertido... Y es Petra Delicado en estado puro contándose a sí misma. Y a la vez que su biografía, paseamos por la España que ha vivido peros siempre desde la perspectiva de su carácter analítico y crítico.

Aunque Alicia Giménez Bartlett, su creadora, es la que inventa la biografía de Petra, lo hace de tal forma que nos parece la propia Petra. No parece inventar nada. Todo lo que cuenta ya estaba en las novelas. Pinceladas de pasado que aparecían sin profundizar mucho en él y que en este "Sin muertos" se nos cuenta cronológicamente, sin que nos chirríe la historia, como recreación ficticia de la vida del personaje. Nos creemos totalmente que todo ocurrió como se cuenta, que la forma de ser de Petra se ha fraguado en ese camino biográfico que nos cuenta. No echamos nada de menos ni se nos repiten los argumentos de las novelas. Sólo Petra, mirando a la Petra que fue, que ha sido y que sigue siendo. Sin caso, sin muertos, sólo ella. Toda una delicia.

domingo, noviembre 15, 2020

"La desaparición de Stephanie Mailer", de Joël Dicker. Trigésimo libro leído en el infausto 2020.

No se si os pasa alguna vez que se os quitan las ganas de leer los libros a los que se les da mucho bombo, y si no tenéis la sensación de que no es que todo el mundo los lea sino que mucha gente dice haberlo leído y resulta que sólo repiten lo que han visto en el cultural de turno o en las noticias del móvil. Pues eso me pasó a mi en su día con "La verdad sobre el caso Harry Quebert", la primera novela del mismo autor del libro que ahora reseño. Eso, y que tampoco estaba yo en 2012 para mucha tontería.
Pues, como por fin no me lo leí y ya ha llovido desde que se publicó, decidí que éste de "La desaparición de Stephanie Mailer", del mismo autor, cuya portada me saltó a la cara en la Imprenta Moderna, no sería mal comienzo con Joël Dicker, para luego, si me gustaba, volver a Harry Quebert. Pero, visto lo visto, o mejor, leído lo leído, creo que tampoco me he perdido tanto y no necesito volver al pasado.
La novela que reseño es un buen tocho de 480 páginas y con la letra pequeña, que menos mal que lo compré en edición DeBolsillo, que si llega a ser con pastas me vuelve a dar tendinitis en los pulgares.
La novela gira en torno a un cuádruple asesinato ocurrido en una ficticia localidad de los Hamptons (al este de Long Island en Nueva York) el 30 de julio de 1994 y avanza y retrocede entre esa fecha y los días previos al vigésimo aniversario de los asesinatos. Y, aunque veinte años no es nada (qué febril la mirada, errante entre las sombras...), al autor deben parecerle siglos, algo así como retrotraerse en materia policial a los tiempos de Sam Spade, pero claro nació sólo nueve años antes.
La novela es un whodunit que nos trae y nos lleva de personaje en personaje, sospechando y "desospechando" hasta que los policías cogen al malo quien, para mi enfado, permanece perfectamente camuflado en la obra, sin mucho protagonismo, para que no sospechemos de él y, al final, zás, helo aquí, que fue éste. Que no hay cosa que más rabia me dé.
No se trata de un relato exactamente coral pero se cuenta entre varios al alimón, porque, salvo las tres primeras páginas, que refieren los hechos con aparente objetividad, y aunque el resto los cuente un narrador omnisciente, cada capítulo nos lo relata desde la perspectiva de uno de los personajes que tuvieron que ver con los hechos de 1994 o que están interviniendo en 2014. Y con esa costumbre de algunos autores de bestseller de poner el nombre y la fecha en la cabecera, no se si porque piensan que si no no nos vamos a enterar de quién están hablando, lo que nos convierte en ignorantes, o porque realmente no son capaces de comunicar cuándo ocurre lo que están contando sin fecharlo ni que sepamos a qué personaje se refieren sin decir su nombre, lo que les convierte a ellos en inútiles. y, por si con eso no nos enteramos, al final del libro se incluye una lista de los principales personajes ¡Anda, que como hubieran tenido que escribir La Colmena!
Evidentemente la que aparece nada y menos es la Stephanie Mailer del título ya que, como el mismo deja claro, desaparece a la primera de cambio después de sembrar la duda en la mente de uno de los policías que resolvió el caso del cuádruple asesinato de 1994, que ocasionó la muerte del entonces alcalde, de su mujer y de su hijo y de una mujer que pasaba por la calle haciendo footing.
Jesse Rosenberg y Derek Scott, capitán y sargento respectivamente de la Policía de Nueva York en 2014, eran en 1994 unos policías bisoños que, realizando una supuestamente brillante investigación, detuvieron al presunto autor de los asesinatos que, como no pudo decir nada en su defensa porque se mató en la persecución policial, se le ha seguido considerando culpable y el caso cerrado, con el consiguiente empujón en la carrera profesional de los policías.
Pero los hechos no son lo que parecieron y como la periodista Stephanie Mailer siembra la duda en la mente de Jesse Rosenberg el día que le están despidiendo por su prejubilación, el policía, que no es malo pero sí un poco torpe, comienza a repasar lo que nos dicen que fue una pormenorizada y concienzuda investigación, pero que a mi me parece bastante chapuza, y reabren el caso cuando la que desaparece es la periodista.
Jese Rosenberg busca a su antiguo compañero, que había dejado las calles por un despacho, y ambos vuelven a repasar lo que pasó en 1994 a la vez que colaboran con la subjefa de policía del pueblo en la investigación del caso de Stephanie Mailer. También sobrevuela la amistad entre los policías algún suceso de aquella época que les separó y que tiene que ver con la novia de uno de ellos.
A lo largo de las páginas, vamos conociendo protagonistas y testigos de los hechos, algunos personajes bastante esperpénticos que, desde el ahora alcalde hasta el último mono del festival de teatro que ha dado fama a la localidad, nos van pareciendo sospechosos, uno detrás de otro hasta el final, en el que el culpable es el menos sospechoso de todos. La portada, estilo Hopper, me gusta mucho y algunos pasajes resultan bastante entretenidos. La descripción de algunos personajes es bastante buena pero, en general, no me ha perecido un libro genial, ni mucho menos. Le sobran bastantes páginas. Pero, como siempre, para los gustos...
 
Nota: por cierto, que he estado mirando, que no me acordaba cómo se llamaba la tendinitis que me da de vez en cuanto en los pulgares (tendinitis de Quervain, se llama) y me ha llamado la atención que entre las posibles causas que la produce no se reseña ninguna de las que me la provocan a mi, a la sazón, leer libros gordos (suele darme en la mano izquierda) y coger los archivadores definitivos cargados de expedientes metiendo el pulgar en el agujero (esa me da en el de la mano derecha). Claro que he debido mirarlo en una web pija o traducida del inglés porque pone que la ocasionan deportes como el tenis, el golf o el remo.

lunes, noviembre 09, 2020

"Cerdeña y el mar", de D.H. Lawrence. Libro 29/2020.

Me gusta leer y me encanta que me regalen libros. Por eso disfruto mucho cuando puedo optar a un libro de regalo a cambio de una reseña. Normalmente lo hago pagando el libro así que si gracias a Masa Crítica de Babelio de vez en cuando puedo conseguir que el libro me sale gratis, pues más que mejor.

Esta vez me tocó "Cerdeña y el mar", un libro que me hizo ilusión porque me gusta contar los viajes e incluso a veces escribir sobre ellos, aunque he pasado muchos años sin viajar nada y ahora que podría no nos dejan.

Pero este libro no es un libro de viajes como otros que relatan lo que el escritor ha visto en su recorrido. Bueno, es y no es un libro de viajes, lo que no es es una guía de Cerdeña, que es una isla que querría conocer pero con este libro lo único que aparece son las impresiones del autor, la más de las veces con unos prejuicios muy acentuados, sin acabar de describir en demasía los paisajes, salvo en la influencia que tienen en el estado de ánimo del autor.

Siempre se hace la diferencia entre turistas y viajeros, despreciando a los primeros ("esto es Londres, hoy es martes") en favor de los segundos a los que se envuelve en un halo de romanticismo y cultura.

Si no hubiera tenido que hacer esta reseña del libro, creo que lo hubiera dejado tras leer el prólogo, que me pareció de un cursi subido y escribiendo más de lo que dice saber de la pareja del autor, a la que desprecia y critica, que de la obra.

Y el libro no está mal pero todo el rato me sobrevuela la idea de que el narrador es un snob de tomo y lomo que se cree, o se sabe, más culto, a la manera inglesa, un viajero, superior en definitiva, aunque nos se diferencia mucho de los turistas salvo por el hecho de tener más tiempo que quienes sólo se pueden permitir una semana de vacaciones en un viaje organizado. El libro lo salva lo bien que escribe Lawrence, aunque se nota que lo escribió en un pispás sin corregir las repeticiones de palabras.

Cerdeña y el mar relata un viaje del escritor D.H. Lawrence, inglés de profesión, con su "abeja reina", que no es otra que su mujer, de la que en el libro no llegamos a saber su nombre pero que no era otra que la baronesa Emma Maria Frieda Johanna Freiin von Richthofen, que se fugó con él abandonando a su marido e hijos, pecado capital éste por su condición de mujer, que si un tío se va a por tabaco y no vuelve parece menos grave. Total para acabar siendo la abeja reina de un zángano que critica de holgazanes a quien ve un momento sin hacer nada, como si él estuviera picando piedra.

La pareja vivía no se si temporalmente o con carácter estable en Sicilia y el libro relata el viaje que realizan por la isla de Cerdeña, primero en barco, del que Lawrence critica absolutamente todo menos el horizonte. No le gusta la comida, los marineros son todos unos holgazanes, le molesta absolutamente todo. Luego vamos conociendo el itinerario que realizan parando en diversos pueblos de los que ensalza a veces el paisaje pero critica bastante a sus gentes, mostrando unos prejuicios que pretende constatar en la práctica. Los sardos son así, los italianos se comportan de aquella manera, lo siciliano es... Y así a veces resulta muy profundo pero, las más, de una superficialidad pasmosa. Pero claro, era inglés. Y aunque también despreciaba cosas inglesas, siempre compara y parece que infravalora lo que está viendo. No obstante, el autor demuestra un ojo clínico interesante para analizar la realidad histórico-política de la isla y, por extensión, de Italia. 

Me ha costado acabar el libro no porque no se lea de forma ágil, ni porque no tenga calidad literaria. Al contrario. Pero es uno de esos libros que prefiero leer más despacio porque si no me parece que estoy leyendo lo mismo todo el rato, así que leer sobre la llegada a Cagliari, dejar unos días y seguir luego el recorrido en tren hacia otra población, dejarlo otros días y acompañar a la pareja a Nuoro, Terranova u otro pueblo, donde seguro que Lawrence seguirá criticando a su abeja reina cuando intenta confraternizar con algún paisano. Él va de superior y, aunque habla de dinero porque no le debía sobrar, no le gusta que ella comente los bajos precios de ciertas cosas y a veces no le gusta ni que hable.

Está visto que al autor le gustan más los pueblos de lejos y desde luego le gustan poco sus gentes a las que siempre critica y a las que juzga antes de conocerlas y, cuando las conoce no cambia su opinión previa sobre ellas. De lejos le parece bonito, de cerca nada le parece bien, que si la calle tiene barro, que si el hotel es cutre, que si se come mal. No parece disfrutar mucho en general.

Pero, en definitiva, es un libro interesante y, al fin y al cabo, quién soy yo para juzgar las impresiones de una persona. Son suyas y ya está. Se toman o se dejan. Fue lo que él experimentó, disfrutó y sufrió durante unos días. Si algún día fuera yo a Cerdeña imagino que contaría otras cosas diferentes y tal vez serían más aburridas y peor escritas que las de Lawrence pero serían las mías. Ay, Dios, qué ganas de ir a algún lado. Odio el coronavirus.