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domingo, diciembre 29, 2019

Y trigésimo libro 2019: 'Lethal White' ("Blanco letal"), de Robert Galbraith (J.K. Rowling).

No voy a perder mucho tiempo con la reseña de este último libro de J.K. Rowling (como su alter ego Robert Galbraith) porque bastante tiempo he perdido ya leyéndolo e intentando digerirlo.
Mediocre, insulso, desordenado, sin sustancia, aburrido hasta el tedio, malo hasta decir basta y encima laaaarrrgoooo.
Sin una trama coherente, sin argumento sólido ni siquiera seguible, con varias vías insustanciales. Ni policial, ni detectivesco ni siquiera domestic noir. 
Un bodrio en el que los protagonistas se limitan a conversar con supuestos sospechosos y aparentes testigos pertenecientes a una desestructurada familia o relacionados con ella de una u ora forma hasta matarnos de aburrimiento. Y no penséis en una familia desestructurada pobre pidiendo ayuda a los servicios sociales, que se trata de la familia de un ministro de la Corona (la británica, of course) que se ve inmersa en un supuesto chantaje por no sabemos qué, ni maldito lo que importa, ya puestos. 
No hay casi ni caso. Un joven con problemas mentales aparece un día en la oficina de Cormoran Strike contándole que cuando era pequeño vio que alguien, que no sabe quién, estranguló a un niño, o a una niña, que tampoco lo tiene claro, y lo enterró o la enterró en una manta rosa en una hondonada junto a una casa de una finca propiedad del ministro que a renglón seguido contacta con Strike para contratarle porque le están haciendo chantaje por algo de su pasado que no quiere contar pero que cuando lo hizo era enteramente legal. Pues eso, que las casualidades no me gustan... ¡toma, dos tazas!
Como los honorarios que esperan cobrar del ministro serán sustanciosos, Robin, más conocida ya que el pupas por los anteriores casos de la serie, se infiltra en el ministerio de incógnito, sin que nadie se entere, con la finalidad de encontrar algún trapo sucio del que acusar al marido de otra ministra que es de quien se piensa que puede venir el chantaje. Y, no se cómo estarán organizados los ministerios británicos, pero que el marido investigado de la ministra y el ministro contratante de la primera parte que ordena la investigación tienen la oficina en el mismo pasillo. Pues eso
Entre col y col, como quien no quiere la cosa el ministro aparece muerto pero la cosa pinta a suicidio así que sigue sin haber caso, pero la hija quiere acusar a su madrastra de la muerte... que sí, que ni con palomitas se traga uno la cosa, pero así va. 
Una hija de la ministra (que por cierto es ciega) que se suicidó, una segunda esposa del ministro que está como las maracas de Machín y despechada porque el ministro la desprecia, una antigua amante italiana que no sale en el libro pero con la que el ministro tuvo un hijo que no reconoció, pero que pese a no estar reconocido está más alrededor de su padre que los inscritos en el Registro Civil (o como se llame en England), y además es superguapo, un antisistema que en su día vivió en la finca del ministro, un montón de personajes anodinos y simples que mantienen largas conversaciones con Robin o Cormoran (sin mencionar siquiera la palabra abogado), que ninguno de mis clientes de oficio suelta la lengua ni una mínima parte, ni conmigo que se supone que los defiendo, pero se ve que en Inglaterra, con aquello de que son protestantes y no tienen confesionarios, pues deben echar de menos la cosa y le cuentan a cualquiera cualquier cosa.
Personajes que aparecen, desaparecen, hablan, cuentan y, esencialmente, despistan para que no sepamos quién tiene que ver o no con la cosa. Total como si ya no nos despistara el libro en sí, que no hace falta mucho despiste para perderse y acabar resolviendo la historia sobre presupuestos que no han aparecido antes en la novela, trampa que me sienta cada vez peor. Ah, y caballos de verdad y de mentira que sobrevuelan la historia sin ton ni son desde el mismo título de la novela.
Y los dos investigadores con problemas sentimentales y de salud. 
Robin con trastorno de estrés postraumático después de su última aventura, con ataques de pánico cada tres páginas que intenta ocultar a su socio y a su marido, que a ver si rompe ya para siempre con él, que lo tenía que haber dejado de novio y la cosa huele. 
Y Cormoran, que después de varios libros sin que la pierna le diera guerra en exceso, cuidado que está blando en este último, cojeando todo el rato y al borde del colapso y en lo amoroso, aunque pensábamos que en la primera parte del primer libro ya había olvidado al supuesto amor de su vida, Charlotte reaparece como el Fénix influyendo en la tensión sexual no resuelta entre los protagonistas, que no se por qué siempre tienen que jorobar el asunto con eso, que parece que no pueda haber socios que sólo sean compañeros de fatigas. Que acaban cargándose lo policíaco y a este paso la Rowling se va a tener que dedicar a la novela romántica, que tampoco parece que se le de muy bien, porque es bastante sosa.
Y todo ello en el marco de las Olimpiadas de Londres, que si mal no recuerdo fueron en 2012, así que si "El canto del cuco" se publicó en 2013, igual la Rowling fue escribiendo de corrido y éste le quedó en un montón de argumentos desechados que luego ha publicado sin la necesaria relectura, y sin que su editor se haya metido en faena, que sobran por lo menos tres cuartas partes del libro. Claro que a ver quién le pasa las tijeras a la Rowling.
En fin, que compré el libro en inglés cuando salió y lo dejé en la boda con la que comienza. Lo volví a coger y lo volví a dejar pocas páginas después y a la tercera por poco la acabo, que creía que era el idioma y acabé consiguiendo la novela en castellano y era casi peor, porque no tiene el aliciente de buscar palabras en el diccionario. No era el inglés, era el libro, que es muuuu maaaalo y a este paso se carga a los personajes. Yo de momento, si hay un siguiente, salvo que me juren sobre la Biblia que es mejor, les hago provisionalmente la cruz, por lo menos hasta que se me olvide la sensación de estafa que me ha dejado éste. Y "yastá", que eso que no iba a perder tiempo con la reseña.
Feliz año nuevo lleno de buenos libros (y malos, qué se le va a hacer, que para que destaquen algunos habrá que leer muchos de los otros).

sábado, diciembre 21, 2019

Vigesimonoveno libro 2019: "El negociado del yin y el yang", de Eduardo Mendoza.

Nunca creí que iba decir que un libro de Eduardo Mendoza no me había gustado, pero éste no es solo que no me haya gustado es que a ratos me parecía una tomadura de pelo. Aburrido, simple, sin trama y sin aprovechar los momentos históricos en que se desarrolla para mejorar algo la idea. Plano.
Y eso que si como se anunciaba formaba parte de una trilogía dedicada a las Leyes del Movimiento de Newton, al ser el segundo de tres, le tocaría la dinámica. Pues de dinámico no tiene nada. O no se lo he visto yo, que también puede ser. O que me ha pillado con poca fuerza lectora, que si, como Newton decía, es directamente proporcional a la masa y a la aceleración, debí imprimir poco empuje a la masa del libro y se me quedó sin fuerza.
Salvo de lo de las leyes no se refiera a las de Newton sino precisamente a las de la medicina china sobre el yin y el yang, que se enuncian tal que así:
对隶, 护根, 小胀, 转化 
Entonces... yo me callo.
Pero bueno, que la novela sigue con las andanzas por el mundo de Rufo Batalla, el protagonista de "El Rey recibe", la primera obra de la trilogía. Y andanzas son porque se mueve, ¡y cómo!, en el espacio pero lo que es mentalmente el personaje no se mueve, sigue tan pánfilo o más que en la primera novela y pese al momento histórico tan emocionante en que se desarrolla (el final de Franco y el principio de la transición) nada implicado con nada de lo que sucede en ninguno de los sitios por donde pasa.
Con Franco a punto "de rendir la vida ante el Altísimo", Rufo deja Nueva York para volver a Barcelona, pero en Barcelona está minuto y medio. Acepta una propuesta que no acaba de estar clara del otro protagonista de "El Rey recibe", el supuesto pretendiente al trono de un país imaginario que le pide que recoja en su nombre una cosa en Japón. Y allá que te va Rufo sin nada mejor que hacer, ni ganas. Un Rufo, por cierto, que en el otro libro me había imaginado de familia de medio pelo tirando a pobre y resulta que podría seguir sin trabajar el resto de sus días viviendo de las rentas.
No acabamos de enterarnos de qué va el rollo en que lo mete Tukuulo y aunque parece correr peligro, tampoco vemos al protagonista terriblemente asustado. Él, a lo suyo, dejándose seducir por la primera con la que se cruza (sigue siendo hombre fácil pero sin que la contraparte se sienta muy obligada a seguir con él después) y desplazándose sin ton ni son de lado a lado para no sabemos qué. El mundo va cambiando a ojos vista, tanto en España como fuera. Nueva York ha cambiado, Japón se prepara a convertirse en gran potencia,... y Rufo pasa por todos lados sin dejarse afectar por esos cambios, abúlico y sin proyectos.
En este libro interactúa más con su familia: su madre, viuda, al haber fallecido el padre de Rufo, dejándoles bien resguardado el riñon, su hermano, otro tan abúlico y simple como Rufo pero con más espíritu que él y que vive en Alemania, y su hermana, con diferencia la más emprendedora de la casa, con visión comercial y de futuro y que es quien pretende achuchar a Rufo para que haga algo. Y Rufo, viaje para acá, viaje para allá, que si me enamoro de la japonesa y no la encuentro, que si tengo que hacer algo pero no lo hago, que si sí, que si no, que si nada.
Creí, que no terminaba el libro y no es excesivamente largo, pero se me hizo largo y soso. Y sin humor, que cuando lo usa Eduardo Mendoza es terriblemente divertido. 
No se si me atreveré con el final de la trilogía cuando se publique, que será que sí, que me conozco, pero como sea igual de aburrido, ya le vale, que como no me entretenga soy capaz de hacerle la cruz. Y con lo bien que escribe, me fastidiaría. Pero no porque esté bien escrito tiene que gustarme si no me entretiene. 
En fin, ya veremos, que adelantarse no es bueno cuando todavía no hay nada delante.

domingo, diciembre 15, 2019

Vigesimoctavo libro 2019: "Patria", de Fernando Aramburu.

Me daba casi vergüenza (y sin casi) no haberme leído Patria, el libro que todo el mundo parecía haberse leído y que había que leer sí o sí, pero es que no encontraba cuándo. Quería dedicarle tiempo.
Después pensé que seguro que no "todo el mundo" que mencionaba el libro se lo habría leído.
Y es que parece que no sobramos quienes leemos. Cada vez constato más gente que es capaz de reconocer abiertamente que no le gusta leer, o que no lee nada, así sin ruborizarse ni movérsele el flequillo, sin decir siquiera que no tiene tiempo, que era antes la excusa estrella.
Ya ni me asombro, que cada quien es cada cual; pero me da rabia que luego si yo digo que no me gusta, digamos por caso, bailar zumba, me miren con escándalo e intenten convencerme de los beneficios de descoyuntarme la cadera bailando.
Pero, a lo que iba, que por fin compré el libro, nada más y nada menos que la edición nº 31 (y hace ya casi tres meses) con lo que por lo menos comprarlo lo ha comprado la gente. Leerlo, lo que se dice leerlo, sólo conozco a mi amigo Pedro, que se lo leyó bastante antes que yo. Así que ya estáis protestando diciendo que también lo habéis leído o ya lo estáis leyendo. A ver si suben los datos de mi encuesta que tengo para mí.
Por cierto, que pensando, pensando, digo yo que no se deberían llamar ediciones a sucesivas tiradas de un libro si se mantiene igual que la primera, que serían nuevas ediciones si se hubieran publicado cambios sustanciales respecto de la primera y no cuando publicas más ejemplares sin cambiar nada. Pero, vamos, opinar por opinar. Que a las editoriales les debe emocionar eso de poner la escarapela con una pegatina con un número tan elevado, y hay que reconocer que éste lo tiene, así que si además de la enumeración de los diferentes premios que ha recibido el libro (el Nacional de Literatura, el Nacional de la Crítica, el Euskadi de Literatura, el Dulce Chacón y el Francisco Umbral) puede ponerle la pegatina de la "31ª Edición" y presumir además de "Más de 1.000.000 de lectores" (digamos compradores del libro, que sería más preciso), pues mejor que mejor.
Y el caso es que, recordando con perspectiva, creo que no me atrevía con el libro por temor a que después de tanta fanfarria alabándolo, la obra me decepcionara. Eso y que tiene 646 páginas, glosario de euskera incluido.
Pero no. El libro es estupendo. Es muy, muy bueno y me ha retrotraído a los años que subíamos mucho al País Vasco, pese a lo que pasaba, siendo testigos de parte de lo que Patria refleja.
Es un retrato de la vida allí durante años contada por sus protagonistas de a pie, desde todos los lados y con una sinceridad y una claridad que pone los pelos como escarpias, sobre todo porque, aunque se trata de ficción, parece que cuenta el día a día que se vivía como si lo contaran testigos reales. 
Lo dicho, muy, muy bueno, y eso que en las primeras cincuenta páginas ya parece que sabes todo lo que ha pasado y piensas que el libro no tendrá intriga y ya no puede suceder nada. Y sí, en las primeras páginas conocemos el suceso que condiciona toda la obra y que enfrenta a dos mujeres que fueron amigas del alma, y por ende a sus respectivas familias, hasta el asesinato por ETA del marido de una de ellas en la puerta de su casa y el hecho de que el hijo de la otra sea miembro de la banda y haya sido visto esos días por las inmediaciones. Una muerte, que vista desde fuera o en las noticias sería una de tantas de las que perpetró la banda terrorista, pero que leyendo Patria vemos cómo cada muerte afecta no sólo a la víctima, su esposa o su familia directa, sino a todo un pueblo, a todo un país.
La novela es una obra coral que, aunque contada en tercera persona, van relatando las distintas personas a quienes afecta directa, indirecta o trasversalmente, el asesinato del Txato, desde la perspectiva personal, familiar y política de cada una. 
Son básicamente dos familias, las de las dos antiguas amigas, Miren y Bittori, a quienes la muerte separa y enfrenta desde muy diferentes posiciones y con diferentes enfoques de la situación, que además va evolucionando según pasa el tiempo y va cambiando la realidad histórica en la que viven. Y nadie parece poder escapar a las consecuencias de lo sucedido por poco afectado que pudiera parecer al principio, cada uno de una forma pero todos ven su vida condicionada por lo que pasó y no pueden superarlo.
La consideración como víctimas de los familiares del muerto que, además de su pérdida, deben soportar el desprecio, el silencio cómplice del pueblo y casi sentirse culpables, hasta que pasados los años y después de haber tenido que marcharse incluso, van consiguiendo remontar y sentirse de alguna forma legitimados a volver a su pueblo.
La perspectiva del terrorista que se considera a sí mismo como un héroe, aunque sea un simple que se cree la propaganda de ETA y justifica sus asesinatos como lucha en favor de su pueblo sin que sepa siquiera para qué quiere la independencia ni por lo que realmente mata, sin empatía ninguna por las víctimas, y a quien los años de cárcel y la evolución de la organización a la que pertenece le acaban machando.
Su familia, cada uno a su modo, unos defendiéndolo a muerte, como su madre, otros sufriendo, otros intentando eludir la situación o enfrentarse, pero sin que nadie pueda vivir ajeno a ella.
Los personajes mezquinos del pueblo que bien apoyan directamente a ETA justificando sus crímenes o bien caminan sin sentirse responsables de su participación en ellos, aunque, como en el libro, colaboraran en la transmisión de la información que necesitaban los asesinos para perpetrar sus atentados. El silencio, el apoyo a ETA, el negar la palabra a la familia siguiendo las consignas,... El ambiente opresivo, la sensación de angustia... de los que nadie parece poder escapar pues no implicarse no era una opción ya que suponía significarse como no afín y ponerse en el punto de mira de ETA. Genialmente conseguido, incluso el acento, porque leyendo parece que estás oyendo la forma de hablar de allí. 
Una novela con una visión poliédrica que sin embargo consigue que veamos la realidad compleja y diversa que se vivió durante muchos años en el País Vasco y que todavía se deja sentir.
Porque eso lo plasma Patria de una forma espléndida contando la Historia con mayúsculas desde la historia particular de gente normal, algunas sólo aparentemente, porque ojo la Miren qué poco de positivo se le puede extraer.
Y, por cierto, que además la novela tiene su intriguilla que deja flecos dudosos que sólo se saben al final.

sábado, noviembre 16, 2019

Vigesimoséptimo libro 2019: "La novia gitana", de Carmen Mola.

El título, la portada, las disquisiciones sobre si el seudónimo "Carmen Mola" tiene detrás un escritor o una escritora, tal vez la publicidad, a la que tampoco puedo sustraerme... no se, pero tenía pendiente "La novia gitana" desde que se publicó, así que al pasar delante de la Imprenta Moderna y sentir de nuevo la tentación de toquetear libros para llevarme alguno, no pude sino dejarme llevar.
No voy a decir que me decepcionó porque se trata de un libro bastante adictivo que no puedes parar de leer hasta que acaba, pero tampoco me pareció el libro del año y me recordaba más a autores americanos y series que a una novela española y, con sus diferencias, tampoco muy lejos de algún capítulo de Mentes Criminales. Aunque como por aquí, gracias a Dios, andamos cortos de asesinos en serie (si obviamos las bacterias hospitalarias), sólo hay dos cadáveres y no buscan la autoría a base de perfiles criminales sino a la antigua usanza: siguiendo pistas y dando palos de ciego hasta que aciertan con la cabeza adecuada.
En las tres primeras páginas de la novela un niño está encerrado a oscuras con un agresivo perro. no sabemos dónde ni por qué, ni él tampoco. En la cuarta página acompañamos a Susana Macaya, la novia gitana del título, en su despedida de soltera, en la que no se siente demasiado cómoda por la celebración en sí y porque ha faltado su mejor amiga. Y menos cómoda que se siente cuando recibe un golpe para ser luego brutalmente asesinada, como lo fue hace años su hermana: haciéndole tres agujeros en el cráneo y metiendo dentro gusanos que se lo van comiendo.
El resto del libro es la investigación de la que en principio se ocupan los policías de la zona donde aparece el cadáver, la Quinta de Vista Alegre en Carabanchel. El subinspector Ángel Zárate lleva poco tiempo en la comisaría y menos que le dura entre las manos el caso porque, cuando todavía están decidiendo si la víctima está ya muerta o no y con el susto en el cuerpo viendo salir gusanos de la cabeza de Sunana mientras esperan a la Científica, se persona en el lugar para asumir la investigación la Inspectora Elena Blanco, de la Brigada de Análisis de Casos (la BAC), algo así como la de Análisis de Conducta del FBI pero a la española. (Sin nada que ver, supongo, con la ya disuelta por escándalo Brigada de Revisión de Casos). La intervención de esa unidad se produce debido no solo a la coincidencia de la muerte en el modus operandi de este caso con el del asesinato de su hermana, sino al hecho de que el asesino está cumpliendo condena, con lo que si se demuestra que es la misma persona quien ha matado a las dos chicas, habría un inocente en prisión y tendrían no uno sino dos crímenes por resolver.
El Equipo de la BAC tiene su sede en un piso de un anodino edificio que nadie parece conocer y, capitaneado por Elena, está formado por el forense Buendía, la agente Chesca, procedente de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos y con un genio endiablado, Orduño, antiguo Geo y Mariajo, la que controla los ordenadores y el hackeado cuando hace falta. Pues eso, como en Mentes Criminales. Además tienen un jefe ausente pero que manda y al que, además de colgarse las medallas de los éxitos de la Brigada, le gusta comer en sitios carísimos: Rentero.
La inspectora, como no, tiene un problema que al principio no conocemos, pero que hace que tenga en su privilegiado balcón a la Plaza Mayor de Madrid una cámara para controlar el acceso a la misma. Tiene un genio bastante vivo, bebe grappa como si no hubiera un mañana, se echa algún porro que otro, canta en los karaokes canciones de Mina y le gusta montárselo en todoterreno en aparcamientos subterráneos. Pero, como policía, es bastante espabilada y controla a su equipo de manera eficaz.
Desde el momento en que lo apartan de la investigación, Ángel Zárate pretende bacinear en la Brigada, de cuya existencia dudaba hasta entonces, y acaba uniéndose al equipo y a la cama de la jefa. No sólo le lleva en interés policial sino que su "mentor" en la policía, ahora con alzheimer, fue el detective encargado de la primera investigación y se siente obligado a defenderle cuando se generan dudas sobre la culpabilidad de Miguel Vistas, el hombre que fue condenado por el primer asesinato.
La novela, en algunos tramos bastante truculenta, sobre todo al final, tiene como dos historias que, por supuesto, convergen en el desenlace, cosa que no hay que ser un experto en novela negra para esperar: la del niño y el perro y la investigación del asesinato de Susana que se desdobla en dos con las dudas de la autoría en la muerte de su hermana.
Como buena novela policíaca (mala no es, ni mucho menos) vamos acompañando a los polis y siguiendo los bandazos de la investigación que pasa sobre todo por la familia de la víctima, sobre todo su padre y sus tíos, que no llevan una vida tan "limpia" y que no asumieron que su compadre se casara con una "paya". Se vuelve a revisar el caso antiguo para aclarar si hay un inocente preso o un imitador en la calle que no tiene nada que ver con el asunto antiguo.
Para seguir con el mimetismo de la novela con las series americanas, los abogados no salimos bien parados. Supuestamente el condenado por el primer asesinato había sido defendido por un abogado de oficio que no estuvo en su mejor momento en el juicio y toma las riendas de su defensa un superabogado que no se sabe cómo se ha enterado de la nueva muerte y se autocontrata a cambio de la mitad de la indemnización que conseguirá su nuevo cliente cuando demanden al Estado por el tiempo que ha estado en prisión. ¡Viva la cuota litis y el "no win, no fee" americano! Si total los códigos deontológicos están de capa caída en el nuevo sistema de libre y despiadada competencia entre los grandes despachos y los pobres desgraciados que malvivimos del ejercicio de la profesión a duras penas. En fin, que no sale bien parado ni mucho menos el turno de oficio ni la profesión en general.
Pues nada, que palos de ciego por aquí, palos de ciego por allá, pelo encontrado milagrosamente donde convenía, fotografía colocada en la estantería en la que no debía estar, meteduras de pata por ambos lados...después de trescientas y muchas páginas averiguan quién es el culpable y la inspectora se mete la tela de araña solita llegando a la página cuatrocientos tres de puro milagro en el más truculento y dramático final que haya soportado nunca. Entre otras cosas porque cuando veo que la cosa va así dejo el libro, pero aquí no era cuestión con las pocas páginas que quedaban.
Esto... que sí, que te comes las uñas y avanzas sin darte cuenta que son las tantas y sigues leyendo; pero que no se me iba de la cabeza en ningún momento que el libro no era para nada original, que ya lo tenía todo visto en capítulos de muchas series. Eso, sí, entretenido es un rato, aunque, además de los de los abogados, me sienta mal que oculta datos de uno de los personajes, lo que supone hacer mucha trampa y no os cuento más.
P.D. Por cierto, que yo creo que es un hombre quien ha escrito el libro. Me pega más. Me ha recordado la sensación que sentí al comenzar la lectura del primer libro de Yasmina Khadra que cayó en mis manos, que no me pegaba una Yasmina, hasta que me enteré que detrás del relato estaba un Mohammed.

sábado, noviembre 02, 2019

Vigesimosexto libro 2019.- "Barrio Lejano", de Jiro Taniguchi.

No recuerdo cómo llegué a este libro, cómic para adultos, novela gráfica, manga gekida o como quiera que se pueda llamar a esta publicación de hermosos dibujos en blanco y negro que por su meticulosidad parecen más "trabajo de chinos" que obra de autor japonés, como es el caso. 
Creo que lo encontré por casualidad buscando novelas gráficas que pudieran interesarme, ya que se hacían tantas referencias a lecturas de novelas de ese tipo que a mi no me daban grito alguno, que pensé que igual había alguna que me llamara más la atención, y lo mismo me estaba perdiendo algo con no prestar atención a estas obras y limitarme a libros "sin santos". Tantas reseñas en algunos vídeo blogs, que no sabía si era una forma de engrosar el número de sus lecturas mensuales o era que realmente merecía la pena leerlos, y mirarlos, porque letra es lo que menos tienen, claro.
No estando nada puesta en el manga (ni ganas), lo primero que me sorprendió del libro es que los personajes no tuvieran los ojos como platos ni los pelos de punta y que las niñas del libro no usaran todas minifalda. Lo reconozco, no me ha llamado la atención el manga, el anime ni la estética derivada de toda esa cultura, subcultura o lo que sea. Pero esta historia no está mal y el mangaka ha conseguido unas ilustraciones muy buenas.
La trama relata una especie de viaje en el tiempo que experimenta el protagonista, Hiroshi Nakahara, cuando al volver a casa desde el trabajo un poco bastante azufrado de alcohol se confunde de tren y acaba no sólo en otro barrio sino en otro tiempo: regresa con 14 años al barrio donde pasó su infancia y adolescencia.
La vida de Hiroshi en el presente no parece reportarle grandes satisfacciones y desde luego no ha conseguido triunfar en la vida. No disfruta con su trabajo, bebe demasiado y no tiene prisa por regresar a casa donde le esperan su esposa y sus hijas. 
Cuando baja del tren comienza a recorrer su antiguo barrio hasta llegar al cementerio en el que yace su madre. Hasta entonces sigue teniendo 48 años pero a partir de ahí tiene como un vahído y vuelve a tener 14. Al principio no sabe qué le pasa aunque empieza a notar los cambios en su cuerpo hasta ser consciente de su transformación. Pensando que es un sueño recorre las calles y acaba en la que fue su casa con la familia que tenía en aquellos años, algunos de los cuales llevan años muertos. Y, sobre todo, todavía estaba su padre, que les abandonó un día sin más explicaciones y nunca volvió.
Extraña la situación pero el resto de la familia lo ve normal, como si el tiempo no hubiera pasado. Él, sin embargo, sabe que no es el adolescente que creen tener delante. Cada noche supone que al despertar por la mañana el sueño se desvanecerá y volverá a si vida actual, pero día tras día sigue viviendo en el pasado.
Al principio piensa que está volviendo a revivir su experiencia vital pero se da cuenta de que los hechos van sufriendo pequeñas variaciones debido a los cambios que el propio Hiroshi va realizando en su propia vida. Sabe inglés, que de pequeño se le daba fatal, es casi el listo de la clase, cuando no pasaba de mediocrem, es más abierto con las chicas por lo que entabla amistad con una compañera muy guapa que a sus 14 no le hizo ningún caso... Se ve feliz pero a la vez está preocupado porque sabe que ese no es su tiempo y teme que si sigue añadiendo variaciones a su vida de adolescente su situación de adulto no será la misma y su pensamiento oscila entre la idea de seguir hacia otra vida mejor que la que tiene o intentar despertar para recuperar su mundo, del que comienza a sentir añoranza a la vez que toma conciencia de que debe introducir cambios en su vida de adulto si quiere que su vida merezca la pena.
Pero sobre todo, quiere conocer las razones por las que su padre les abandonó e intenta sondearle para averiguarlo e incluso trata de impedir que se vaya, con lo que vamos conociendo la vida de la familia y acabamos conociendo lo que realmente sucedió.
No es una trama intrincada y a ratos parece muy lenta, como si el tiempo de la niñez lo envolviera haciéndolo más lento y como si el autor se regodeara demasiado en cuestiones que no tienen influencia en la historia y que impiden el desarrollo ágil de la historia, hasta que nos damos cuenta que es precisamente lo contrario. Asistimos a las clases de Hiroshi, a sus relaciones con los otros chicos, a la vida escolar, en suma; le acompañamos también en casa, con su familia y, sobre todo, con su padre y su madre. La historia tiene muchísimas viñetas y aunque se desarrolla en Japón y los personajes tienen nombres japoneses, los personajes tienen aspecto europeo, sin ojos rasgados y con ropas occidentales. 
El libro me resultó curioso y trata temas interesantes sobre aspectos cotidianos a los que no damos importancia y pueden marcar nuestra intrahistoria para siempre. Amistad, cariño, fidelidad, compañerismo, miedo,... muchas cosas que le afectaban como adolescentes o sufre de adulto y que la experiencia onírica o de viaje en el tiempo le ayuda a comprender e intentar cambiar. Es una obra original que no me ha disgustado. Seguiré investigando alguna otra novelita gráfica.
Y, por cierto, que el primer japonés, y creo que último, con el que he hablado en mi vida más allá de indicarle una dirección, se llamaba Hiroshi precisamente (Hiroshi Mashuda). Lo conocí en el tren volviendo a casa desde Toledo y, aparte de quererme llevar a Japón, me regaló una garza de origami que me hizo con un papel azul con pintas blancas y debo tener todavía en alguna caja. La deshice para aprender a hacerla y la volví a montar. Si se le tira de la cola mueve las alas. De vez en cuando hago una y siempre me acuerdo de su nombre, aunque no recuerde en absoluto su aspecto.

sábado, octubre 19, 2019

Vigesimoquinto libro 2019: "Sidi", de Arturo Pérez-Reverte.

Debo reconocer que de lo primero que me acuerdo siempre que oigo mencionar al Cid es en las vueltas que le dimos a su estatua en Burgos para intentar salir de la ciudad, porque tengo un poquito de dislexia y la derecha y la izquierda, cuando no me la señalan con la mano, se me resiste un poco, así que le di un par de vueltas a la majestuosa estatua ecuestre del Campeador antes de que me aclararan a qué derecha debía girar, si a la mía o a la de los demás.
Pero, a lo que voy, que no es de estatuas pero sí del Cid, es a la reseña del último libro de Pérez-Reverte que me he leído, que es el último que ha publicado: Sidi. Un relato de frontera.
Esta nueva obra de Don Arturo no novela tanto la vida de Rodrigo (su Cid) como el primer cantar del Cantar de Mio Cid, el conocido como "el del destierro", esto es, desde poco después de lo de "de los sos ojos tan fuertemientre llorando", cuando, como decía Manuel Machado "al destierro- con doce de los suyos -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga", anda mio Cid de corte en corte buscando señor que lo contrate con su mesnada y sus correrías hasta poco antes de su marcha hacia Valencia.
Rodrigo, para ganarse el pan y el de los bastante más de doce a los que tiene que mantener, trabaja como soldado a sueldo para quien le paga la soldada y buscando a quién servir, y, tras ser rechazado y despreciado por los condes de Barcelona, llega a un acuerdo económico para defender con las armas los intereses territoriales del rey moro de la taifa de Zaragoza, peleando contra moros y cristianos, según tercia, que la cosa de la religión y las peleas territoriales tenían el asunto embrollado, pero con la única condición de no pelear nunca contra Alfonso VI, a quien, pese a haberle desterrado, sigue considerando su señor natural y al que sigue mandando una quinta parte de lo que consigue.
Y lo del "polvo, sudor y hierro", queda muy claro en la novela de Pérez-Reverte, que repite en reiteradas ocasiones la imagen del protagonista y los suyos con las caras llenas de tierra por las que resbala el sudor, y no deja hierro de sus armaduras que nombrar, que conviene conseguirse es esquema de alguna para seguir el relato sabiendo qué se pone o lleva cada uno, aunque como lo repite bastantes veces se acaba una centrando. Que si el escudo en la espalda, que si nasal arriba, nasal abajo de las narices, que si las botas de huesas...
La figura del Cid se parece bastante a la del Poema y hay que hacer esfuerzos para no imaginarse a Charlton Heston a lomos de Babieca, aunque algo más achacoso de una lesión antigua de rodilla. 
Y es que la novela se centra sobre todo en las batallas, en las tretas para colocar la mesnada en la mejor posición para la batalla, el estudio del paisaje con sus escondrijos y peligros, y en las negociaciones con los poderosos para que no los manden a batallar sin posibilidades. 
No obstante, la figura de Rodrigo parece, como dice mi amigo Pedro, bastante plana. Buen guerrero, callado, buen jefe de su mesnada, fiel a su rey natural, pero no sabemos mucho de lo que piensa o siente, como si fuera un soldado del montón. Como mucho que se acuerda de Jimena y sus hijas un instante antes de olvidarlas para entrar en combate. Que, eso sí, combates tiene el libro unos cuantos, que hay ratos que no sabe una si está con el Cid, con Ivanhoe o con una película de indios.
Pero desde luego el libro está entretenido, que me he quedado varias noches hasta que me lo he terminado leyendo hasta las tantas.
Asistimos a las negociaciones para la entrega de Monzón, al engaño al prestamista judío para consiguir financiación, a los compadreos religiosos ecuménicos con su equivalente del ejército moro, algún escarceo con la hermana del rey y muchas lanzas, espadas y sangre, hasta llegar a la batalla más importante en la que los mete el rey de Zaragoza, y que maldita la gracia que le hace a los castellanos porque tienen que pelear contra enemigos superiores en número y que encima se encuentran a más altura. Pero el Cid es el Cid y la cosa acaba en victoria, con muchas víctimas en ambos bandos, pero eso era "lo normal" en las batallas y lo tienen asumido los soldados, que eso lo recalca por activa y por pasiva el autor, la entrega de los soldados a su labor sin que parezca importarles morir. Y en la susodicha batalla, como para justicia poética, consiguen hacer prisionero al conde Ramón Berenguer que despreció al Campeador, y consigue bajarle los humos y quedarse con su espada, la siempre famosa Tizona, aunque, tras dejarle en libertad renunciando a alguna que otra plaza importante, se vaya rezongando algo así como que será él quien pase a la Historia porque los siglos se van a acordar más de él, con lo supernoble que es, que del Cid, que para él es un mindungui del que nadie hablará cuando muera. Ya ves tú lo que son las cosas, ¡menuda visión de futuro que tenía el condecito! De pitoniso no se hubiera comido un rosco.
A lo que voy, un libro de aventuras estupendo, un relato ajustado al Poema con las oportunas licencias literarias del autor, un Cid que necesita rodaje y que no me creo que nos quedemos con un solo libro, así que quedo a la espera de la llegada de Rodrigo a Valencia.

martes, octubre 15, 2019

Vigesimocuarto libro 2019: "Olga", de Bernhard Schlink.

Al ver este libro me llamaron la atención dos cosas: la imagen de la portada, que me recordó a algún cuadro de Edward Hopper, y el nombre del autor que sobre tres pobrecitas vocales acumula consonantes como si no hubiera un mañana. 
El título no me llamó la atención e incluso me predispuso en contra. Pensé en un relato de amoríos o alguna fantasía del autor sobre una antigua amante. Y nada de eso. Panorama de narrativas de Anagrama tampoco me ha defraudado esta vez.
El libro es muy bueno y la imagen de la portada no es de Hopper sino de Laura Knight, una pintora británica cuya obra tengo que investigar. Eso sí, el nombre del autor sigue teniendo doce consonantes y tres vocales. Por cierto que suya es la novela "El lector", que para mí era una película en la que Kate Winslet hacía un papelón por el que ganó un Oscar.
La obra tiene tres partes bien definidas incluso en los títulos que reciben: "Primera parte", "Segunda parte" y " Tercera parte". La que me parece mejor, con diferencia es la segunda.
En la primera parte un narrador aparentemente objetivo nos presenta a Olga de niña, una niña pobre, callada y observadora que al perder a sus padres pasa a vivir con su abuela paterna, una mujer dura que se cree superior por ser alemana y desprecia el origen eslavo la niña. El nacionalismo germánico desde finales del siglo XIX y gran parte de la primera mitad el XX es uno de los protagonistas destacados del libro.
Paralelamente conocemos a Herbert, un niño rico que sólo piensa en correr, y a su hermana Viktoria. Los tres parecen inseparables hasta que Viktoria marcha por decisión propia a un internado (donde acabará desarrollando su precoz fanatismo), quedando solos Olga y Herbert que poco a poco pasan de amigos a muy, muy amigos, y después se enamoran.
Que sí, que hay una historia de amor a lo largo de todo el libro, pero no es para nada moña, aunque en la primera parte me mosqueé bastante con Olga. Y es que me parece una mujer con muchas posibilidades y lo de estar siempre esperando a Herbert no me gusta un pelo.
Porque Herbert parece un culillo mal asiento que sólo piensa en viajar, cuanto más lejos mejor, primero como soldado en África, luego como explorador en Argentina y por fin como más explorador hacia el Polo Norte, aunque la cosa se le dé de pena. Y dejando siempre sola a Olga.
Con la excusa de que los padres de él no la quieren por pobre, que solo le dan el dinero justo y que teme que lo vayan a desheredar, Herbert nunca parece tener un chavo ni tiempo para formar una familia, aunque se funde una cuantiosa asignación en un superviaje por América, total para nada, que digo yo que hubiera tenido bastante para vivir más que decentemente sin necesidades en lugar de pasar penalidades, que empezó corriendo de pequeño y no paró. 
Y, mientras, Olga, sola, trabajando de maestra, espera que te espera, a veces casi en la miseria y sufriendo las dos guerras mundiales sin su Herbert hasta que se queda sorda por unas fiebres y la despiden con 53 años, justo cuando la segunda guerra mundial alcanza su pueblo. Pero Olga se reinventa y comienza a trabajar como costurera, principalmente para la familia del que entonces sabemos que es el narrador, quien pasa a relatar en primera persona ya la segunda parte del libro en el que nos adentramos en la figura de Olga a través de sus ojos, ganando puntos en mi apreciación de su figura. Conocemos mejor lo que fue su vida desde la desaparición de Herbert y entrevemos alguna pista de su gran secreto, que no se descubre hasta muy avanzada la tercera parte y acompañanos a Olga durante el resto de su vida pero siempre desde fuera, hasta su final, momento en que el narrador decide investigar más hasta encontrar las cartas que Olga escribió a Herbert cuando se marchó al Polo y que siguió escribiendo aun a sabiendas de que no volvería, incluso muchos años después de saber que estaba muerto.
Y es en la tercera parte, a modo de novela epistolar, cuando acabamos de desentrañar a Olga en toda su grandeza.
En definitiva, son tres novelas en una para redondear la figura de la mujer que da título a la obra y un retrato de la convulsa época en la que vivió y de los peligros del nacionalismo, un repaso también del afán de algunos hombres por lanzarse a la aventura sin pensar en las consecuencias de sus acciones sobre quienes les ven partir, una forma, en definitiva, de conocer la historia a través del relato de quienes la viven a pie de calle, no de quienes tomas las grandes decisiones, sino de quienes las sufren e intentan seguir viviendo con sus principios y su punto de rebelión, como Olga.
Un gran libro, en definitiva. Tendré que seguir descubriendo obras de este autor que no conocía.

domingo, octubre 06, 2019

Vigesimotercer libro 2019: "Los eduardianos", de Vita Sackville-West.

Cuando me llegó este libro en el paquete de Bookish de junio pensé que podía ser un pestiño, no se por qué. 
Primero, que no me sonaba de nada el título, pese a que fuera escrito a principios del siglo XX y, segundo, que tampoco (para mi vergüenza) sabía nada de la autora, famosísima en su época, casi tanto como Virginia Wolf, algo más que amiga suya en algún momento de sus biografías. 
Pero me alegra decir que el libro me ha gustado mucho y, sobre todo, me ha supuesto una experiencia investigar sobre Vita Sackville-West, su familia, su obra (alguno de cuyos títulos me he apuntado para el futuro), su círculo de amistades y la época que refleja el libro con una aguda crítica de la misma por conocerla y "sufrirla" y alguno de cuyos parajes, condesa viuda incluida, me han recordado Downton Abbey, aunque en otro castillo: el Chevron de la novela, alter ego del castillo de Knole (si ello puede predicarse de un castillo), mansión que la autora, por ser mujer, no pudo heredar y de la tuvo que salir para dejar que el heredero disfrutara del mismo.
Antes de comenzar su relato hay una nota de la autora en la que, al contrario de la mayoría de las novelas que afirman el carácter ficticio de sus personajes para ahorrarse problemas y costas judiciales, Vita deja bien claro que "ninguno de los personajes de este libro es enteramente ficticio". Y parece ser que así era, pues en el momento de su publicación la novela fue un escandalazo porque, pese al cambio de nombres, y aunque ahora nos parezcan estereotipos de la época, muchos de los protagonistas de "Los eduardianos" eran plenamente reconocibles entre su pares e incluso podían reconocerse a sí mismos, lo que incrementó el éxito de la obra, que fue un auténtico bestseller.
El verdadero comienzo del relato es bastante original pues deja claro su libre elección como novelista del momento en que decide empezar la historia, pues lo considera un quebradero de cabeza pero acaba concluyendo que la elección es arbitraria y que pudiendo haber comenzado en otro momento lo hace, porque así lo quiere, un domingo 23 de julio de 1905 con el protagonista, Sebastian (sin acento, que es inglés), de 19 años, encaramado al tejado de su mansión -el Chevron que decía arriba- intentando huir de una de las múltiples fiestas que organiza su madre. A partir de ahí seguimos a Sebastian, familia, amigos, miembros de su clase social, esencialmente, aunque también conocemos otros personajes con los que se relaciona ajenos a la misma porque Sebastian no se acaba de ver encajando en el papel que desde la cuna le está designado, de propietario acaudalado con castillo y casi siervos que tendrá unos años de licencioso esparcimiento para acabar sentando la cabeza con una señorita bien de su círculo respetando el encorsetamiento que se le impone disfrutando de la libertad de su posición siempre y cuando no se salga de lo que le permite "el decoro" de clase, que ya es bastante porque Vita no deja títire con cabeza en su encarnizada crítica de las costumbres de una gente a la que conoce terriblemente bien.
Sebastian nos aparece como un adolescente tardío que no acaba de encajar en su mundo y que por influencia de Anquetil, precisamente uno de los invitados de su madre el día que empieza la novela, se empieza a plantear el por qué de algunas cosas, no obstante lo cual, va cayendo en el estereotipo de cabeza y cuerpo entero comenzando su trayectoria amorosa con una mujer mayor quien al estilo de "Las Amistades Peligrosas" va iniciándole en los principios del galanteo y las relaciones sexuales. Es caprichoso y exigente con sus amantes y se cree merecedor de todos los caprichos por lo que las va liando de a kilo. Siguiendo la relación entre el chico y la Lady vamos conociendo la doble moral que existe entre quienes hablan del tema y que cosas pueden o no hacerse según quién las haga y a quién.
Sebastian tiene una hermana, Viola, con un carácter distinto al de su hermano, más inteligente y crítica que él con el mundo en el que vive y que por el hecho de ser mujer la encorseta más que a su hermano, sobre todo porque además no parece estar a la altura de las expectativas de su madre sobre la apariencia física y el glamour que debiera tener una hija suya. Y que, pese a todo ello, es la que acaba rompiendo lazos y tradiciones antes que su acomodaticio hermano.
El relato no es una trama con principio, desarrollo y fin ya que se limita a seguir la trayectoria vital de los personajes, entre Chevron y Londres y entre el momento que decide que debe cogerlos hasta el momento en que decide que acabe la novela ,con un final abierto pero del que no podemos fiarnos muchos pues Sebastian ya ha dado bandazos semejantes y ha acabado volviendo al redil. Sobre todo el fin lo pone la conclusión del reinado de Eduardo VII, no en vano la novela se titula como se titula, punto de inflexión, en opinión de alguno de los personajes, en el cambio de época para la clase social protagonista.
Lo más interesante del libro son las descripciones de las costumbres y de los personajes, que con pocos pincelazos describe de manera magistral y en muy pocas palabras absolutamente geniales. El ambiente opresivo, las conversaciones triviales y repetitivas, los cotilleos, los tejemanejes amorosos,... un cuadro de una clase social cuyo status los propios miembros ya sospechaban a punto de acabar, aunque en el fondo confían en que tampoco cambien demasiado las cosas y puedan conservar su posición privilegiada.
Como Sebastian es un poco como Don Juan y tanto sube a los palacios como a las cabañas baja dejando memoria infausta, también conocemos algunos personajes de otras clases sociales como la mujer de un médico absolutamente deslumbrada por la clase alta, una amante bohemia que tiene bastante más claro que él lo que no puede esperar de Sebastian e incluso siguiendo a las criadas de su madre y alguna de sus amantes también percibimos las opiniones del servicio que trabaja más cercano a las señoras. Pero, principalmente, como adelantaba Vita a su amiga Virginia el libro está "rebosante de aristocracia".
Vita Sackville-West conocía perfectamente la clase que relata porque ella pertenecía a una familia aristócrata, hasta que la echaron del castillo familiar porque a ella no le tocaba heredarlo, aunque le podían haber hecho un hueco en alguna de las 365 habitaciones de la casita.
Su pertenencia de clase no le impidió, sin embargo, distanciarse de ella lo suficiente como para describirla con una agudeza digna de encomio. 
La escritora perteneció al famoso Grupo de Bloomsbury y fue una mujer polifacética que igual viajaba que escribía que diseñaba jardines y que, pese a estar casada y tener hijos, tenía fama de hacer a pelo y a pluma (no en vano fue inspiración para el Orlando de Virgina Wolf) y llevó una vida bastante libre para las convenciones de la época sobre todo para las mujeres. Hay cuadros y muchas fotos de ella, bastante seria en la mayoría, con apariencia bastante andrógina en algunas y terriblemente inglesa.
Y por cierto que tenía parte de sangre española en sus venas pues aunque su padre era un barón (el tercer barón de Sackville-West) su madre era hija ilegítima de otro Sackville-West y la bailarina Pepita Durán.

miércoles, octubre 02, 2019

Vigesimosegundo libro 2019: "Nada sucio", de Lorenzo Silva y Noemí Trujillo.

Comencé a leer "Si esto es una mujer", el último de Lorenzo Silva escrito a cuatro manos con Noemí Trujillo, que si no me equivoco son matrimonio, y lo tengo por ahí a medias porque no me acababa de convencer la trama, como una especie de domestic noir más atento a la vida personal de la protagonista que al trabajo detectivesco de campo. 
Y pensando que igual no le cogía el truquillo porque, además de echar de menos a mis guardias favoritos de las novelas de Silva, me había perdido la primera historia de la pareja de escritores con otra... llamemosla detective, al encontrarme por casualidad con "Nada sucio" y ver que no es una novela excesivamente larga, decidí adelantar este libro al que me estaba leyendo a ver si me hacía con la forma de escribir de los autores y me enganchaba tanto como para continuar con el que me estaba leyendo. Y no se, no se, igual es por ser una primera novela de Noemí, pero no me acaba de parecer redonda.
Este "Nada sucio" es la primera novela de una saga con la original novedad de tener la misma protagonista pero diferentes autores que se van sucediendo en la publicación de los libros. Por cierto, que la prota parece de Quero, que se llama casi como una de las hijas de Marichelo: Sonia Ruiz. Y es
Aunque, al fin y al cabo, es el primer caso de la detective y su bisoñez puede contagiar la trama, de manera que una detective novata me ha llevado a pensar que la culpable es la coautora primeriza en novela negra y no que el personaje de Sonia esté pensado así de temeraria y torpe desde el principio y que se haya logrado el objetivo de los autores. 
Y, pensándolo bien, lo que no se me había ocurrido era echarle la culpa al cónyuge de la coautora, que ya es amor de lectora fiel de Lorenzo Silva (aquí golpes de pecho de penitencia por malpensar).
Pues bien, la novela nos presenta a la pobre Sonia en una situación vital nada favorable: la acaba de dejar su marido, no tiene trabajo, pese a haberlo buscado activamente, ni perspectivas de encontrarlo en breve, se le queda en exclusiva el hipotecón de la casa y la enfermedad mental de su madre requiere cada vez más de su tiempo y energías. Total, un cuadro.
Como la cosa no parece que se vaya a decidir por sí sola opta por tirar por la calle del medio y lanzarse al emprendimiento no ocurriéndosele otra cosa que aprovechar la experiencia que obtuvo trabajando dos meses para un detective privado y dedicarse ella también a la investigación, sin título ni formación y en situación digamos discutible con el Fisco y la Seguridad Social, esto es, sin dar de alta por ningún sitio, ni siquiera como detective, que la Dirección General de la Policía lleva un registro especial de detectives privados con despacho abierto; que no lo dice la novela, que lo he buscado en Google porque se me ha generado la duda escribiendo la reseña.
Contra todo pronóstico, a la detective en ciernes le encargan un caso aparentemente sencillo y sin grandes riesgos ni complicaciones: el supuesto acoso del encargado de un supermercado a una empleada del mismo.
El susodicho acosador, casado y con apariencia respetable, parece intentar acostarse con toda mujer que se le pone a tiro si puede hacerlo sin que se entere la suya y sobre todo si están subordinadas a él de forma que le resulte más fácil "convencerlas". Este malnacido, que, para perdición de sus empleadas, se parece a Paul Newman en sus mejores tiempos, no contento con mantener relaciones sexuales con las señoras, graba las relaciones con el vídeo de su teléfono móvil y las distribuye con pingües beneficios en diferentes canales de difusión pornográfica. Una joyita, vamos.
Sonia se lanza de lleno a la investigación ayudada por el hijo de su mejor amiga, al que cuidó de pequeño y que le gusta más de lo que quiere reconocer y que con sólo veinte años (como se repite cansinamente en el relato, que parece que quiere que veamos en Sonia a una asaltacunas o algo así), es un hacha en informática, aunque la carrera la está sacando a trompicones y con el auxilio para los exámenes de algún compañero más estudioso.
La cosa, como no podría ser de otra forma comienza a complicarse y la protagonista va intentando salir airosa del asunto a fuerza de voluntad y de suerte, porque lo que son las técnicas detectivescas que utiliza, dejan mucho que desear. Y eso que la premisa originaria y la promesa que le hace a su compañero de investigaciones es que no se meterán en nada sucio.
No os puedo contar mucho más sin destripar del todo la historia pero a veces me resulta un poco pueril la forma de avanzar en la trama, como si se tratara de novela juvenil o algo así, aunque toca un tema y refleja en una sola persona tipos que por desgracia se mueven en la realidad, a veces impunemente: acosadores, abusadores, distribuidores de pornografía...
No es la octava maravilla pero puede resultar entretenida y me ha animado a seguir con el que dejé inconcluso a ver si Sonia hace algún cursillo de criminalística o investigación o ve algunos capítulos de CSI o de Sherlock y mejora sus técnicas.

sábado, septiembre 28, 2019

Vigesimoprimer libro 2019: "Un asunto de honor", de Arturo Pérez-Reverte.

Éste es un relato largo o una novelilla corta que Pérez-Reverte escribió en 1994, revertiana a tope y con una trama vertiginosa que mezcla estilos como el road movie, el thriller o la novela romántica, sin olvidar el género caballeresco, aunque aquí no haya capa ni espada (aunque sí "la chuli", una navaja, muy protagonista, por cierto) y el caballero no se desplace por caminos a lomos de un caballo sino que conduzca un camión Volvo por carretera.
Manolo Jarales Campos, "Llanero Solitario" para sus compañeros camioneros, expresidiario quemado ya en mil batallas, siempre perdidas, conduce por la nacional 435 al volante de su camión (por cuenta de otro, claro, que él no tiene en propiedad más que su nombre) cuando, a la altura de Jerez de los Caballeros, cansado del viaje, hace parada en el club de alterne del portugués Almeida donde conoce de otras veces a la Nati.
Dentro conoce a María, hermana de Nati, "la más linda Cenicienta" que nunca vio, una cría de dieciséis años cuya virginidad habían vendido entre el Portugués y su hermana por cuarenta mil duros a un constructor, propietario además de una funeraria. Aunque ahora serían unos 1.200 euros, cuarenta mil duros de entonces, doscientas mil en pesetas, eran una pasta.
Como la cría no está por la labor le pide a Manolo que la lleve en su camión a ver el mar porque el único libro que tiene, y ha releído muchas veces, es "La isla del tesoro" y en ella aparece el mar. Pero, comoquiera que el camionero se niega porque no quiere líos, María se le cuela de polizón en el camión. Cuando Manolo la descubre decide devolverla para no meterse en líos, pero luego se lo piensa y vuelve a por ella llevándosela con él comenzando una carrera sin retorno perseguido por la  Nati, el Portugués, que considera el tema "un asunto de honor", y Porky, su matón, al volante de la funeraria, mientras Manolo se va enamorando de María hasta las trancas añadiendo puntos a sus papeletas para que los perseguidores lo quiten del medio.
El relato es muy entretenido y muy ágil y con un final abierto en el que puede caber todo, según el romanticismo o ingenuidad que cada lector/a quiera ponerle a la cosa.
El relato que yo me he leído lleva por título el que encabeza este post: "Un asunto de honor", pero luego se ha seguido publicando como "Cachito. Un asunto de honor", por el título de la película que se estrenó dos años después de publicarse el libro y que se llamaba precisamente "Cachito", pese a que en el relato original no se menciona nunca esa palabra sino "Trocito", que es lo que lleva Manolo tatuado en uno de sus brazos y la forma en la que acaba dirigiéndose a María.

Vigésimo libro 2019: "Las flores perdidas de Alice Hart", de Holly Ringland.

Este libro me ha dejado un agridulce sabor. La verdad que viendo la portada no esperaba mucho y lo empecé pensando: "a la primera buganvilla que salga lo dejo". 
Pero parece ser que las buganvillas no son flores autóctonas de Australia, que es donde se desarrolla la acción y australiana es la autora, de forma que sólo flores autóctonas australianas aparecen en la novela encabezando cada capítulo con su nombre en castellano (y en aborigen, si lo tiene), significado, denominación científica y lugar de crecimiento, así como su descripción, recomendaciones para su cuidado y notas de interés. Muy bonito.
Ahora bien, el libro tiene poco de lo que yo esperaba viendo las flores. Ni buganvillas ni paños calientes, aunque me parece una trama bastante irregular que no acabó de convencerme del todo.
El principio es bestial, fuerte. Alice, la del título, una niña de nueve años amante de los libros y aparentemente encantadora, comienza el primer párrafo de la historia junto a una ventana de su casa sentada en su pupitre imaginando "diferentes formas de prenderle fuego a su padre", quien dicho sea de paso se merece poco menos que eso.
Y no os quiero destripar mucho, que para eso ya está la contraportada del libro, que hace un poco de spoiler, pero Alice pierde a sus padres y acaba viviendo con la madre de su padre, June, una mujer de quien nunca le habían hablado en casa y que parece ocultar un gran secreto. O por lo menos un par de ellos.
June lleva a su nieta a Thornfield, una especie de casa de acogida rodeada de una plantación de flores en la que trabajan las mujeres que se refugian allí, cada una con una historia trágica a sus espaldas y a quienes la propietaria denomina "Las Flores", ninguna de las cuales parece tener un nombre de más de dos sílabas: Myf, Twig, Candy, Amy... quienes acogen a la traumatizada Alice, que tras la primera parte del libro y perder a sus progenitores y a su perro, había quedado muda, acompañándola en su duelo para hacer de ella una niña más o menos feliz y acompañarla en su crecimiento en la casa hasta que la pobre hija parece ir repitiendo el trágico patrón familiar y se acaba marchando de la casa para vivir la tercera parte de su historia trabajando en una especie de Parque Nacional donde tampoco es que lo pase realmente bien. El peso de su pasado parece perseguirla como una especie de maldición de la que sólo parecen sacarla las flores australianas cuyo significado había ido guardando su abuela en un álbum.
Ninguna mujer de la historia parece haber sido feliz y todas tienen como una doble forma de comportarse, sobre todo la abuela que hay ratos que no sabemos si desea lo mejor para su nieta o jorobarle la vida como antaño le pasó a ella y a casi todas las mujeres de la familia.
En el libro tienen mucho protagonismo las plantas, el río, los árboles... bueno, uno en concreto, que es como una especie de Registro Civil de la familia porque han ido tallando en él nombres que configuran casi su árbol genealógico. Y Alice, dando bandazos sin acabar de encontrarse a sí misma.
La novela no está mal, no en vano ganó un prestigioso premio, pero a ratos me parece de una redacción un poquito infantil pese a los graves temas que toca (principalmente maltrato en sus diferentes versiones) y a la forma en que acaba reflejando que los traumas no acaban de desaparecer si se siguen ocultando sin resolver nada. 
Me llama mucho la atención cómo la narradora nos introduce en la cabeza de la protagonista haciendo que la acompañamos en su proceso de autoculpabilización, buscando justificaciones para quienes le hacen daño y buscando excusas para no salir del pozo en que se encuentra. 
Comienza fuerte la narración, discurre con altibajos y vuelve a ser fuerte hasta casi el final, llevando a quien lee a esa sensación agridulce a la que me refería al principio, creo que porque me puede mi corazón de abogada de años en Centros de la Mujer y quisiera ayudar a Alice. Y es que, en el fondo, es solo un libro y, como muchas veces también ocurre en la realidad, tampoco puedo hacer nada por ella, sólo acompañar a Alice y arroparla.

viernes, septiembre 27, 2019

Decimonoveno libro 2019: "El cuarto mono", de J. D. Barker.

Por todos sitios veía publicidad de "La quinta víctima", "la vertiginosa secuela de el cuarto mono", y yo sin haberme leído "El Cuarto Mono", así que un día que me perdí buscando pintura en el Carrefour y aparecí en el pasillo de los libros (que una tiene querencia, también es verdad), pues acabé llevándome en edición bolsillo el famoso mono que ahora reseño.
De primeras, la historia sorprende porque nada más empezar resulta que el supuesto asesino muere atropellado por un autobús cuando va a enviar la primera cajita blanca con una parte de la persona que ha secuestrado: una oreja. Porque este asesino es, como no, un asesino en serie, faltaría más en un thriller, y tiene por costumbre envíar primero una oreja de la víctima que tiene secuestrada, luego los ojos y por fin la lengua, para acabar matándola y abandonando el cuerpo. Así que, la trama parece centrarse en la carrera contrarreloj para encontrar a la chica secuestrada pues, una vez muerto su secuestrador, tampoco es cuestión de dejar morir de hambre y/o de sed a la secuestrada.
Empiezan la cosa despertando al detective Sam Porter que, como no, tiene alguna tragedia a sus espaldas que le tiene de baja en el servicio y que en principio no sabemos cuál es. Pues eso, que le despiertan porque resulta que este pobre hombre llevaba años detrás del asesino en cuestión y que si quieres arroz Catalina, que no ha habido forma de pillarlo, así que cuando el transporte público atropella a quien todos los indicios apuntan como "El cuarto mono", le llaman para que colabore en la investigación y, sobre todo, en la búsqueda de la secuestrada, que, como todas las víctimas anteriores, sólo es la persona que acaba muriendo, ya que el objetivo real del secuestro, mutilación y asesinato de esas personas, es lograr que alguien de su familia o entorno sufra y pague por algo que el asesino considera que hizo mal y debe ser castigado. Es decir, algo así como aprender en cabeza ajena o, en este caso, morir en cadáver ajeno.
Mientras los policías van dando palos de ciego e intentan con poco éxito averiguar el paradero de la chica, compartimos para nuestra desgracia su situación como secuestrada, que pone los pelos de como escarpias: con una oreja cortada, soportado música de rock a niveles inaguantables atada a una mesa de pies y manos, sin comer ni beber y percibiendo cómo las ratas campan alrededor suyo aproximándose peligrosamente a ella.
Y el caso es que el atropellado, además de la cajita blanca con la oreja y la dirección de la persona a quien va dirigida, lleva encima el diario de su vida, que tampoco ha sido lo que se dice "normal", diario que va leyendo Sam Porter de una forma terriblemente lenta para exasperación de quienes tenemos por costumbre leer más rápido y para desgracia de la investigación, porque el asesino va dando claras pistas y el policía, "tocado con su problema" y leyendo sólo a ratos no pilla una porque si se descuida no es capaz de terminarlo ni resolver el enigma.
La novela alterna el relato de la investigación, la situación de la secuestrada y la lectura del diario para hacernos sufrir a tres bandas, digo yo, que llevaba mosca desde las primeras páginas aunque la narración tiene giros, inesperados algunos, que despistan de las iniciales sospechas y que si Porter se hubiera leído el diario más rápido igual había acertado antes, que ya le vale.
En definitiva, el libro resulta entretenido y me han quedado ganas para aventurarme con el siguiente, aunque a veces la investigación policial deja mucho que desear.
Por cierto que el título tiene que ver con los famosos tres monos de no se qué templo de Japón que tienen alguna parte de su cara tapada con las manos, precisamente las que el asesino mutila, significando lo que no debe hacerse: las orejas (no oír), la boca (no hablar) y los ojos (no ver), al que añade el cuarto de "no hacer" que para el asesino supone acabar con la víctima para así castigar a quien quiere castigar y de ahí el nombre que dan al asesino y el título de la novela.
P.D. Y como las iniciales J.D. del autor me intrigaba he buscado su nombre en Internet y responden a Jonathan Dylan. Además vienen algunas fotos suyas en la red en las que aparece con una carilla con un no se si buscado aire de asesino en serie que casi asusta.

sábado, septiembre 14, 2019

Decimoctavo libro 2019: "Los capullos no regalan flores", de Moderna de Pueblo (Raquel Córcoles).

Pues como dije en la reseña anterior, que al enterarme que el cooltureta no era sino uno de los tipos de capullos que Moderna de Pueblo ya había "catalogado" en una publicación anterior, pues la busqué y en otro "ratejo" me puse al día en la materia.
Moderna de Pueblo, alter ego de Raquel Córcoles, apoyada en su propia experiencia y las de algunas amigas, repasa diferentes tipos de hombres a los que ella atribuye determinados comportamientos, actitudes y formas de ser que los convierten en lo que ella denomina "capullos", comenzando por el primero que le promete no olvidarla cuando sale del pueblo y le pone los cuernos a la primera de cambio.
Como en la otra obra que me leí, resultan más atractivos los dibujos que los textos y es un cómic (o una novela gráfica, como parecen llamarse ahora) entretenido y divertido, una forma de burlarse de tipos que, en su búsqueda de su ideal de hombre, o al menos uno medio normal, (porque ¡vaya serie que nos presenta!), le han parecido merecedores del apelativo que da título al libro, ninguno de los cuales parece tener mucha intención de sorprenderla con un ramo de flores.
Desde el "Capullo clásico" hasta el "Capullo Asperger", pasando por el "Capullo fugitivo", el "Capullo capullo", nuestro ya conocido "Capullo cooltureta", el "Perdonavidas", el "Capullo mareante", el "Trimestral" o su propio compañero de piso, vamos conociendo extereotipos de relaciones y tipos en clave de humor y seguimos a la protagonista y a sus amigas y amigos de juerga, buscando trabajo, aburriéndose en casa, buscando rollito... en fin, vamos conociendo cómo viven sobre todo las chicas en edad universitaria o de módulo superior, qué hacen cuando salen de marcha, cómo visten, cómo se enfadan o lloran cuando fracasan y, especialmente, va dando pistas para conocer, y en la medida de lo posible, evitar caer en las redes de los tipos que describe.
Como es cortito y divertido sirve para pasar un buen rato. Y los dibujos son estupendos, y más divertidos si cabe que el texto.

lunes, septiembre 09, 2019

Decimoséptimo libro 2019: "El cooltureta", de Raquel Córcoles (Moderna de Pueblo).

No se si llamarlo libro, aunque el formato es de libro. La propia autora refleja sus dudas en la portada al tachar "EL CÓMIC" y escribir luego "LA NOVELA GRÁFICA" como si el propio personaje descrito la corrigiera.
Como novela gráfica que es no es larga y tiene poco texto priorizando los dibujos sobre el relato, que no sobre el mensaje. Es muy divertida y refleja a la perfección el tipo de hombre que describe: en el fondo un absoluto imbécil o, según se vea, una especie de cultur-victim que asume la pose de culto sin serlo mediante el subterfugio de fingir que sabe lo que para él debe conocer todo culto que se precie: tiene los libros que debería leer (que no es que los haya leído pero los tiene), va a las galerías de moda, está al tanto de todo lo que está de moda en los ambientillos culturales que según él (y el cultural del periódico que lee, diría yo) deben ser frecuentados.
Comienza la novela mudándose a un barrio supuestamente bohemio donde según él podrá desarrollar todo su potencial cultural y va paso a paso quedando como lo que realmente es, aparte de un gil: un pobre desgraciadito que piensa que hacerse el culto le va a ocasionar éxito personal, le va a permitir conocer gente interesante y, como no, tener mejores posibilidades amorosas, así que nada le es ajeno en cuestiones culturales "in". 
Pretende estar al día de cualquier tendencia, pero sólo las que supone que le darán el aura de persona culta, para lo que se tiene que preparar documentándose los libros que debe tener (en papel, que así se ven, que si se lleva un ebook nadie sabe que te estás leyendo "lo último de lo último de lo que se debe ller) y de los que debe hablar, aunque sea únicamente del título, qué películas son "imprescindibles", qué hay que opinar de un cuadro o una exposición y qué hay que criticar. 
Y luego no se puede ver callado porque tiene que opinar, elogiar y, sobre todo, presumir de conocer toda película de autor, subtitulada o más rara que un burro a cuadros, todos los libros "de obligada lectura", escuchar la música que una persona muy culta escucharía, organizar la mejor fiesta con la gente "más selecta" y despreciar lo que consideran que no entra en su definición de cultura. 
Pero el pobre se va dando de morros con todo y no es capaz de generar relaciones ni culturales ni de las otras.
No está mal. Es muy divertida y tremendamente incisiva y crítica con el tipo cooltureta; así cool + reta, que en la portada aparece junto pero con distintos tonos para reforzar la idea de cultura guay. 
Me lo trajo mi primo Gregorio en agosto cuando le dije que estaba un poco baja de lectura, que leía menos y tenía un par de libros atascados. 
Yo no conocía nada de Moderna de Pueblo, ni me sonaba siquiera el nombre pero como parece que este cooltureta es una especie de secuela de otro que se llama "Los capullos no regalan flores", en el que define diversos tipos de hombres con los que la prota se ha cruzado con bastante mala suerte, pues lo puse en la lista para mi reanimación lectora, a ver si me animaba, no sólo a leer, sino animarme en general, que nunca viene mal una sonrisa. Además los dibujos son estupendos. Lo único es que casi todos los libros que el cooltureta finge haber leído y exhibe en las estanterías de su casa yo sí me los he leído y al principio me molestó un poco hasta que me fui dando cuenta del fraude que era el personaje, que realmente no entendía de nada siguiendo el dicho ese de "dime de qué presumes y te diré de lo que careces".

miércoles, agosto 14, 2019

Decimosexto libro 2019: "Secretos imperfectos", de Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt.

Tenía largo tiempo aplazada la lectura de algún título de la serie del psicólogo Sebastian Bergman que escriben a cuatro manos dos autores suecos de apellidos impronunciables que tengo grandes problemas para recordar.
Me encontré éste en el Carrefour por el módico precio de 9,95€ y me dije: "poco puede ser; si no me gusta, la inversión no habrá sido ruinosa". Y lo compré.
El comienzo de la novela me hizo pensar que ruinosa no, pero nefasta sí me parecía la compra porque comenzó gustándome poquísimo y la sensación se vio acrecentada porque lo leía terriblemente despacio, con lo que conseguía que me aburriera aún más, como me pasa cada vez que leo un libro "de a poquitos".
Pensé en llevármelo a las vacaciones, pero no era cuestión de amargarme la primera vez que salía de viaje en diez años con una lectura que no me acababa de convencer, así que me llevé otro, que por cierto no he abierto, registrando la semana de los Pirineos como la primera en mucho tiempo que dejo de leer casi absolutamente, limitando mis lecturas a los textos de las tablillas indicadoras de los senderos y los menús de la comida. Y sin sensación alguna de culpa, que es lo raro.
Pues eso, que el libro comienza, como casi todas la novelas negras, policíacas o de detectives, con un muerto, cuyo cadáver está arrojando a un lago alguien que afirma no ser un asesino, razonándoselo a sí mismo mientras intenta hacer desaparecer el cuerpo de un adolescente de dieciséis años. Dos páginas después la madre del crío llama a la policía para denunciar que su hijo desapareció hace veintidós horas y no sabe nada de él. Como el que coge el teléfono sale de guardia y viene el fin de semana, la policía tampoco se moviliza a la velocidad del rayo, que creía yo que para eso Suecia funcionaría mejor. Total que cuando empiezan a investigar no es que haya mucho que hacer porque además se ocupa del asunto el teniente Haraldsson, el policía más incompetente y gafe de la comisaría de Västeräs, que es donde ocurren los hechos, y que en esos días está más preocupado por intentar cumplir con su esposa que quiere que tengan un hijo.
Comienza la búsqueda del chico con ayuda incluso de unos boy scouts que se dan de bruces con el cadáver llevándose el susto de su vida pues aparece brutalmente apuñalado y habiéndole sido arrancado el corazón. La prensa cae sobre el asunto como si no hubiera un mañana y Kerstin Hanser, la jefa de la comisaría a la que Haraldsson odia por encima de todo porque se cree merecedor de su puesto, se ve obligada a pedir ayuda a la Unidad de Homicidios al mando de Torkel Höglund para quien trabajan Ursula, Vanjia y Billy.
Por esa casual casualidad que tanto odio en la novela policíaca, se encuentra en la misma población Sebastian Bergman, super psicólogo de super prestigio, experto en asesinos en serie, adicto al sexo y seductor irresistible, pese a su nada atractivo físico.Y que, por otra casual casualidad, no solo conoce al jefe de la Unidad de Homicidios sino que en el pasado tuvo algo más que palabras con Ursula, que tiene en la actualidad algo más que palabras con su jefe (que no se cómo les da tiempo a investigar con tanto sexo y problemas personales de por medio).
Además, como la mayoría de los protagonistas nórdicos de novela negra, Sebastian soporta una trágica tragedia sobre sus hombros que le impide dormir sin sufrir un sueño recurrente y terrible en el que rememora aquellos horribles sucesos. ¡¡¡¿Es que no puede haber protagonistas menos trágicos?!!!
Como si fuera poco, Bergman, que no se hablaba con sus padres desde la intemerata, viene a poner en venta la casa familiar tras la muerte de su madre, con la que se llevaba mal, tirando a peor y encuentra una carta que pone su vida personal todavía peor que la tiene.
Comoquiera que la serie de novelas se apoya principalmente en nuestro atribulado psicólogo, Sebastian se las arregla para meterse en el caso con la poco desinteresada intención de conseguir la dirección de la mujer que aparece en la carta que su madre le había ocultado. No obstante, pese a que ninguno de los miembros de la investigación lo soporta, consigue que Torkel le contrate como asesor y les seguimos a todos dando tumbos de sospechoso en sospechoso, y acostándose Bergman con cada mujer relacionada con los hechos que se encuentra (sin que por eso lo despidan ni se contaminen las pesquisas, ya ves) hasta que consiguen medio encauzar la investigación y enderezar la novela llevándola a tener un progresivo interés que convierte su última parte casi en adictiva, hasta el sorpresivo giro final de la trama que, a mi entender, estropea en las últimas páginas. Pero, claro, hay que seguir con la serie y dejar flecos pendientes en la vida personal del prota.
Nota: Que no se yo por qué leyendo el libro me imaginaba Västeräs como una población chiquitita y aislada cuando es la quinta ciudad más grande de Suecia, con más de 120.000 habitantes. Y, por cierto, el lago es hermosísimo.

viernes, julio 12, 2019

Decimoquinto libro 2019: "Ellen Foster", de Kaye Gibbons.

Me ha gustado mucho, pese a tratar temas crudísimos.
El relato lo realiza una niña, la Ellen Foster del título, aunque no sepamos cuál es su verdadero apellido, y cuenta las cosas de tal forma que sorprende. 
Aunque tiene sólo once años, el relato no es en modo alguno inocente. La cría demuestra una inteligencia y una madurez impropias de su edad, forzada esta última tal vez por las terribles circunstancias en las que se ha criado y todo lo que ha tenido que soportar, buscando originales formas de capear el temporal, aguantando como una heroína sin apenas despeinarse porque tiene una voluntad de hierro y unas ganas de cambiar su situación y salir adelante que impresionan. Es muy independiente y tiene una idea muy clara de cómo debería funcionar su mundo y el mundo en general, aunque se desenvuelva en otro totalmente diferente y opuesto a lo que ella desea. Se ha criado en medio de la opresión, de los malos tratos, del racismo más odioso, amenazada, víctima de intentos de abuso... y, sin embargo, ha salido como veréis que es si leéis el libro; una niña estupenda y muy original, que se hace un hueco entre la oscuridad que rodea su vida para intentar darle un giro favorable.
A veces el relato se tiñe con pinceladas de humor ácido, casi negro. No en vano comienza el relato con la frase: "Cuando era pequeña pensaba en cómo matar a mi padre". Pero en general Ellen trata de ser... positiva no, lo siguiente, en un ambiente poco propenso al positivismo, en una zona límite entre el barrio negro de la ciudad y otro de blancos tan pobres o más que los negros pero influenciados por el segregacionismo imperante que dificulta las relaciones de la propia Ellen con su mejor amiga, que da la casualidad que es negra.
Cuando comienza el libro, Ellen vive en una casa de acogida, o eso parece, y está por primera vez en su corta vida contenta con la familia que le ha tocado en suerte que le permite vivir de forma que a ella le resulta extraordinaria y que no deja de ser la que debiera tener una niña de su edad, con comida suficiente, sin miedo, arropada por el cariño de las personas con la que vive y con algún que otro entretenimiento.
Pero es que, claro está, la vida que ha llevado Ellen dista muchísimo de la de debiera llevar una cría de su edad y según avanzamos las páginas seguimos los recuerdos de Ellen aterrorizándonos a cada paso temiendo que se materialicen sobre ella las amenazas que la rodean, un padre borracho con pretensiones afectivas respecto a ella incompatibles con una paternidad responsable e incluso con el Código Penal, una madre depresiva que fallece en circunstancias digamos que preocupantes, un barrio peligroso, una tía que más parece la madrastra de Cenicienta, aunque sólo tenga una hija, igual de odiosa que las del cuento... Pero debéis leerlo porque además de lo que Ellen cuenta importa mucho en el libro la forma en que lo hace, el desparpajo con el que relata su trayectoria vital, sus ideas positivas, sus ganas de dejarse querer y demostrar su afecto... y todo ello con una inteligencia especial y unas ganas de vivir que animan a cualquiera. Merece la pena.