domingo, febrero 28, 2021

"Cómo robar un banco suizo", de Andrea Fazioli. El 2º del 2021.

Pues si el primero que leí en 2021 no me gustó, éste no me debió dejar raya porque ni me acordaba de él y he tenido que andar buscándolo porque sabía que me había leído otro y no recordaba cuál. Me debió hacer gracia el título y, es lo que pasa, mucho título para poco contenido. Que esperaba divertirme y el humor no es precisamente el fuerte del autor. Claro, que qué espero de un suizo.

Si en el primer libro del año hacían de policías quienes no lo eran o ya no lo eran, en este segundo pretenden robar un banco quienes no son ladrones, menos uno que lo fue, pero está retirado. El caso es dejar de lado a los profesionales. Y así les va.

Lina Salviati, la hija de un antiguo ladrón (que pese a las habilidades que le presuponen en la novela, no se le debió dar bien el delito porque cumplió condena en prisión y no parece tener muchas reservas de dinero) se ha jugado hasta las pestañas y ha ido dejando deudas a troche y moche, pero, sobre todo, debe a alguien que tiene el poder de acabar con ella. Y una noche en el casino, tras quedarse sin un real, un guapo personaje le hace una propuesta para que pueda salir del apuro y pagar sus deudas al personaje de cuidado que, como las Sareb de los bancos, se ha quedado con su crédito.

Pero, el acreedor tendrá poder, pero dineros tampoco le sobran, porque también debe perras a un peligroso mafioso, así que se le ocurre la peregrina idea de que para que él pueda devolver lo que debe a quienes le presionan para el cumplimiento de sus obligaciones contractuales como beneficiario de cierto préstamo, pues que la hija del ladrón que le debe a él convenza a su padre para robar un banco. Que al ser suizo el autor de la novela, pues es un banco suizo, claro. Cosa de ná, vamos. Que digo yo que en vez de cinco millones de golpe podría atracar de a poquito y con menos riesgo, pero no, ¡a lo grande! Aunque tampoco es tan difícil porque es una remesa de dinerillo negro que cambia de banco y tienen que aprovechar la falta de seguridad que exige la necesaria discreción de la operación de blanqueo.

Y el caso es que la niña hace cienes y cienes de años que no se habla con su progenitor, así que, para convencerlo, y hacer creíble la presión, fingen un secuestro y hacen que la chica hable con su padre para que se sienta obligado a retomar sus trastos de robar. Y el padre, claro, pica. Porque no tendrá trato con su hija, pero, al fin y al cabo, es su hija. 

No obstante, al padre, como buen exdelincuente, tampoco se le va la mosca de detrás de la oreja, así que pide la colaboración de un amigo detective, que además de ayudarle con el robo tiene que averiguar qué está pasando. Que lo raro es que no se den cuenta de que lo del secuestro no es demasiado real, sobre todo al principio, porque una cosa es que dejen hablar a la secuestrada como prueba de vida, y otra que se pasen al teléfono todos los días. Que hablan más cuando la hija está supuestamente secuestrada que antes de secuestrarla, que ni se tenían grabados en el WhatsApp.

Mientras planifican el robo, para lo que se toman su tiempo, el secuestro fingido se convierte en real y la situación resulta poco creíble, como poco creíble resulta el libro en general, sobre todo por la peña que se busca el ladrón para robar el banco, que no serían capaces de robar dos aceitunas en un bar. Tampoco la organización del robo queda muy clara ni la solución final tiene mucho que ver con el resto del relato, aunque es lo mejor (sin pasarse) del libro.

El caso es que la novela, que al principio me pareció que podía resultar entretenida, me aburrió soberanamente.

"Los motivos del lobo", de Liliana Escliar. El primero que leí a principios de 2021.

Mal empezamos el año. En todos los sentidos. Que me da que estábamos deseando salir del 2020 como si el paso de las cifras de una fecha consensuada como fin de ciclo supusiera realmente un fin de ciclo. Y, parafraseando un conocido mensaje de WhatsApp, el 2021 le ha dicho al 2020 que le sujete el cubata y vamos a ver qué nos tiene deparado.
Pues, a nivel lector también he empezado de pena con algo que tampoco me ha gustado. De hecho empecé la reseña hace más de un mes y hasta ahora no me he vuelto a acordar. Que no me gustó el libro, vamos.
Es uno de esos pretendidos thrillers que no lo son, una novela que pretende ser policiaca sin policías, o, como el de esta novela, con uno en caída libre, que viene a ser lo mismo. Y tampoco es un domestic noir.
El caso es que un grupo de... llamémosles amigos, que parecen deshechos de tienta de sus respectivas antiguas profesiones u ocupaciones, se reunen en una librería, que sólo vende novelas de crímenes, para tratar de atrapar a un terrible asesino.
El "lobo" que buscan tiene obsesionado a Daniel Parodi, un antes policía que se ahora se dedica a emborracharse hasta casi el coma etílico como el detective privado que pretende ser y que tiene su cubil en la cochambrosa trastienda de la librería de Ernesto Soria, otro antiguo policía, que parece el mejor de la cuadrilla, pero que, a velocidad inverosímil, se dirige hacia el Alzheimer. 
Daniel vio como el psicópata al que busca asesinó brutalmente a su hija delante de él y pese a que supuestamente era un detective de primera, ahora ha perdido su competencia y no es capaz de seguir una pista fiable que le lleve a encontar al asesino, pues el hombre que cumplía condena por el asesinato y que fue puesto en libertad, presuntamente por una funcionaria del Juzgado que luego les ayuda en sus pesquisasm, no parece ser el verdadero asesino.
Diana Quaranta, una fiscal que no es capaz de llevar a la justicia ni los delitos que se cometen contra ella, le presta su ayuda porque además está enamorada de él.
También se sirven de las habilidades de Diego Heller, un informático tirando hacker, que parece medio lelo, pero que no lo perdáis de vista y que se enamora de la chica que, a su vez, se enamora del que fue psicoanalista de Daniel, y que no debe tener mucha clientela porque tampoco sale de la tienda. 
Sí, supongo que por la mención del psiconálisis ya imaginaréis que la novela es argentina. Y se nota desde la primera página, que o se lee con acento o no se entiende. Y, al contrario de lo que me pasa con las películas, que a los diez minutos se me olvida el soniquete, en el libro no se te olvida nunca.
Pues eso, que van dando palos de ciego y luego en las últimas páginas la autora le carga los crímenes a quien menos te esperas. Que no hay cosa que más rabia me dé, que tengan escondido al culpable sin ver nada en su comportamiento que lleve a pensar que pueda ser capaz de matar, y que luego, en un quitame allá esas pajas o esas páginas, lían todo y dan el zarpazo para acabar el libro. 
No es que me prometiera mucho el comienzo, ni me animara mucho el desarrollo, pero el final lo acabó de rematar. Nunca mejor dicho. 
Nada, que no me hizo gracia el libro y además no he empezado el año con cuerpo para lecturas, que la realidad resulta mucho más terrible que la literatura por muy negra que se busque.