lunes, noviembre 06, 2006

La lluvia del sábado tras la tradicional “pertinaz” sequía.

(Esto lo escribí el sábado pero no conseguí subirlo al blog. A ver si hoy puede ser).

Hay mañanas que una no debería haberse levantado y haberse quedado en la cama escuchando de fondo el agradable ruidito del agua resbalando desde los canales del tejado de la cámara o, de haberlo hecho, lo de levantarme, debería haber desayunado despacito y tranquilamente (y con el no tan agradable ruido del agua cayendo sobre la teja de uralita del patio de mi casa) para luego dedicarle un par de horitas al inglés que lo tengo muy abandonado. Pero no, cabezona que nací y continúo siendo, me he levantado, he desayunado deprisa y corriendo y, tras la necesaria higiene y una vez hecha la cama, me he aventurado a la calle con la sana intención de proceder a hacer limpieza en mi casa de Villafranca. Porque es lo que tienen las propiedades, aunque hipotecadas y satisfecho su importe únicamente en dos vigésimo-quintas partes... que hay que asearlas de vez en cuando, so pena de ser propietaria de una pocilga en lugar de una casa decente.
Bueno, a lo que iba, que cuando he asomado a la calle para salir era el momento que más agua caía. Toda previsora, he buscado en mi fondo de armario el chubasquero que compré unas vacaciones en Oviedo un día que temíamos, como Abraracúrcix, el jefe de la tribu de Asterix, que el cielo se nos cayera encima (que por cierto luego no llovió) y, no sin gran alegría al darme cuenta de lo grande que me está ahora, me lo he puesto y he salido para comprobar lo poco acostumbrada que estoy a moverme en tiempos de lluvia. Y es que hay que ver lo poco que ha llovido desde hace ni me acuerdo de los años, que lo del temporal de lluvia es algo que contaba mi abuelo Antonino, pero que yo no he vivido.
La puerta de mi casa y la de mi cochera distan no más de siete metros, pero he descubierto que resulta distancia suficiente para que los canales de ambas casas remojen un chubasquero de calidad “poco más que de tienda de los veinte duros” hasta llegar a los huesos de su portadora. Ello unido a las dificultades que entraña localizar en mi bolso cualquier llave y luego proceder a usarla, me ha convertido literalmente en una sopa antes de salir. Luego de continuar “el recale” abriendo la cochera, que no es automática ni mucho menos, recordando las veces que me he olvidado de echarle “aflojalotodo”, se me ha planteado el dilema sobre la forma de introducirme en el coche sin trasladar el agua que portaba al asiento del mismo.
Me he acordado del famoso sketch de Tip y Coll sobre cómo llenar un vaso de agua (que ninguno/a recordaréis porque sois “mu chiquitines/as” todos/as). Si entraba en el coche con el chubasquero puesto, ponía el asiento chorreando; si me lo quitaba, ¿dónde lo ponía para que el agua que escurría no mojara nada? Pero si me lo quitaba y en un alarde de imaginación conseguía ubicarlo en un sitio donde mojara lo menos posible, me quedaba todavía la arriesgada, por lo “empapadora”, maniobra de volver a salir del coche y cerrar la portada de la cochera, con lo que no habría hecho nada por conservarme seca. Así que he optado por sentarme en el coche con chubasquero y todo y volver a salir para cerrar la cochera con un paraguas que llevo en la guantera del coche.
El paraguas en cuestión lo compré en Andorra un verano y puede competir con cualquier otro paraguas en cuanto a su habilidad para proceder a darse la vuelta a la mínima ráfaga de aire, así como con sus propiedades de permeabilidad absoluta; de forma que con el chubasquero empapado y bajo un paraguas “vuelto”, lugar donde llueve más que fuera de él, he vuelto a arrojarme al chaparrón para cerrar la portada, impidiendo así facilitar a los ladrones el acceso a la bicicleta de montaña que me regaló el Club del Libro por la compra de una colección de grandes obras de la literatura española de todos los tiempos y que, bien pensado, podía haber quedado accesible, porque para el uso que le he dado no la iba a echar de menos.
Ya dentro del coche, me he quitado el chubasquero, no sin esfuerzo ya que tengo un hombro para el arrastre y lo he colgado (el chubasquero, no el hombro) en el reposacabezas del asiento del copiloto pero chorreando hacia atrás con lo que he conseguido empapar tanto mi asiento como el del copiloto, como el suelo del coche y hasta el asiento de atrás sobre el que me he dejado apoyada una manga. El agua, mezclada con la tierra acumulada en el vehículo desde su última limpieza integral hace... ni me acuerdo cuándo, ha generado un olor a campo mojado que me ha acompañado hasta Villafranca, localidad a la que he llegado sin otra novedad digna de mención que un baño de agua que me ha lanzado un todoterreno al cruzar por el charco del Vadancho que los señores ingenieros de la carretera tuvieron a bien dejar como símbolo inequívoco de su ineptitud congénita para evitar el acuaplaning.
Pero ahí no ha acabado mi odisea. Al llegar a Villafranca me he acordado que dejé a deber cinco euros ayer en la tienda donde me compré unos pantalones y en la que mantienen todavía inalterada la tradición villafranquera de cobrar y pagar en efectivo y sienten una sana repugnancia hacia las tarjetas de crédito. He parado, y seguía lloviendo a mares, así que, vuelta a la maniobra: ponte el chubasquero, abre la puerta del coche, asoma el paraguas, abre el paraguas (que, caro está, se vuelve hacia atrás por el aire), orienta el paraguas al viento para que se cierre, cierra la puerta del coche, abre la puerta del coche porque se me ha olvidado dentro la llave, coge la llave, cierra el coche, cruza el paso de cebra, en el ¡oh, “ley de Murphy”! se había aposentado un enorme charco, no se si del mismo ingeniero que el de la carretera, maldice al concejal de obras y llama al timbre de la tienda. Porque no es una tienda “as usual” sino que hay que llamar y poco menos que dar la clave para que te abran, cosa que no ha ocurrido porque la única persona que ha contestado me ha dicho que estaba en la cama con anginas y que no podía bajar a abrir.
Tras desear a la señora una pronta mejoría sin secuelas he vuelto a cruzar el paso de cebra, acordándome esta vez de todo el árbol genealógico del concejal de obras que permitió su ubicación en ese preciso lugar, abre el coche, quítate el chubasquero y ale, a casa. Ni que decir tiene, que cuando he llegado a mi casa y, tras volver a repetir la operación de salida del coche con la circunstancia agravante de las vertientes de las terrazas de mi bloque, me he sentado y a los cinco minutos ¡HA ESCAMPADO! Así que, no voy a limpiar nada. Que se quede como está. Total para el uso que le doy.¡Ah! Si queréis ver el vídeo de Tip y Coll sobre el sketch del vaso de agua, lo he encontrado en youtube; pinchad aquí, http://www.youtube.com/watch?v=A_XPZfV8bRQ&eurl=
Es fabuloso. Me recuerda también al relato de Cortázar sobre las instrucciones para subir una escalera que venía en mi libro de 6º de EGB (era evidente que la LOGSE no había entrado en vigor). Por cierto que tampoco tiene desperdicio sobre todo si meditamos sobre lo pormenorizadas que pueden resultar determinadas instrucciones de los manuales de algunos aparatos, total para no saber cómo funcionan o lo pesados que se suelen poner algunos “técnicos” para explicarnos de la forma más complicada posible las cosas más sencillas. Si lo queréis leer:
http://www.literatura.org/Cortazar/Instrucciones.html

1 comentario:

tretitajarba dijo...

Pues si que lo vi. Luego desaparecio. A mi con el bloger me da problemas alguna vez. LLevo un cerro tiempo intentando subir un imagen para el post de "el sonido del likembe" y no hay manera.
Pero hasta que no lo consiga...
Pues si, menudo recalon el otro dia.